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El hombre del sur que bajó la luz by Francisco Lara Sánchez is licensed under a Creative Commons Attribution-NoDerivs 3.0 Unported License.

22 enero 2010

Cuando fuimos los mejores...

No recuerdo cuál fue la última vez que me caminé por la ciudad en su etapa nocturna con sus farolas encendidas, pero, desde luego, hace una eternidad de ello y por fin, tras mis viajes, he podido poner casa en tierras conocidas y eso, en estos días, es algo bastante difícil de conseguir. Parece que esta ciudad es cada vez más perezosa para los cambios. Tanto para mejor como para peor. Pero hoy no será una de esas noches donde le muestro a todo el mundo la basura en la que pisan constantemente, ni será una de mis vendettas personales con el resto de la humanidad.
Durante todo este tiempo he visto cosas pequeñas que han cobrado mucha más relevancia que cualquier esperpento social palpable por la calle. He conseguido valorar los pequeños logros que se marca cada uno, individualmente y las hazañas del día a día. Nos encontramos en medio de una guerra en el auge del "Yomismismo" y la gente ya no invierte tiempo en lo que se sale del borde de su propio espejo. Cada vez son menos las historias que encuentro y más los personajes que quieren interpretarlas, más los momentos de "recuerdo aquella vez..." o "cuando éramos más jóvenes..." y cada vez son más escasas las ocasiones de marcar una diferencia anacrónica con respecto al tiempo que nos ha tocado vivir. Ahora ya no se piensa con claridad y todo está lleno de un gran y hermoso "nada". No encuentro gente auténtica a donde quiera que voy y los que terminan compartiendo espacio finalizan en una constante competición por ver quién pisa a quién y, como adivinaréis, es de lo que trata todo esto.

-¡La respuesta está ahí fuera!-

Leía en un gran póster en una pared deteriorada a la par que me planteaba el por qué de mi parsimonia extrañamente adquirida e inusual en mí. Pero con todo ello no escuché más que los pedazos de frases llenos de mierda de la gente que iba teniendo cerca paso arriba y paso abajo. Ahí fue cuando tiré el estupendo aperitivo que acompañaba mi marcha. Supongo que, con eso, Cosmopólitan había ganado esa batalla y podría entrar en el bañador que lance algún diseñador de cara al próximo verano. Incluso así intenté no lanzarlo al mar y comérmelo. Me gusta pensar que puedo joder a alguien a kilómetros de distancia y que no sepa de mi existencia. Como una especie de justiciero anónimo. De modo que encaminé mi marcha y me paré a observar a una joven inusualmente pálida que miraba con asombro el escaparate de una tienda de cosméticos y moda o lo que ellos llaman moda. La niña, que a pesar de no haber desarrollado pecho todavía se podría considerar atractiva, ya iba de la mano de un chico que podría ser dos años menor que yo y tres mayor que ella, se encontraba atónita por el increíble modelado, bronceado y corpulencia de las chicas que anunciaban el sueño de cualquiera con una moral baja y poco aprecio a sí mismo. ¿Es eso lo que hemos aprendido a inculcar a nuestros hijos? Probablemente se deba a una falta total de educación por parte de sus progenitores, pero debo confesar que siento cierto pellizco moral por haber colaborado de alguna forma a esa erosión del "ego" (entiéndase como "yo"). En cualquier caso era una auténtica locura y no pude hacer más que seguir mi camino, pues creo que había descuento en magdalenas de chocolate justo delante de esa tienda.

Forever young. I wanna be forever young. 
Do you really wanna live forever, forever...?

Sonaba en mi cabeza como si me lo estamparan en la cara con un mazo de cincuenta kilos. No, supongo que ninguno de nosotros seremos enterrados por nuestros tataranietos, pero ¿Quién querría llegar a eso?. El día en que sean mis hijos los que me cambien a mí los pañales, por favor, acabad con lo poco que me quede de dignidad y pegadme un tiro en medio del campo. Es absurdo ponerse cabezotas en este punto de la historia, pero nadie quiere ser olvidado y todos queremos aportar algo mientras estamos vivos para que nos honren incluso tras nuestra muerte. Ya veis, somos unos egoístas incluso estando muertos. El destino, al parecer, no se muestra carente de cierta ironía. Eso me recuerda una conversación que mantuve con una chica que conocí en uno de mis viajes sobre por qué todos hacemos las cosas por un fin último, egoísta y auto-satisfactorio. Como podéis comprobar, el mundo sigue repleto de gilipollas optimistas y por eso las tasas de homicidio suben cada año. De hecho, si esto sigue así y me sigo encontrado gente que regala caramelos y corazones, seré yo mismo el que encabezaré la lista nacional. O, por lo menos, lucharé por un respetable quinto puesto.

¿Puedo ayudarle en algo, caballero?-

¿Cómo dice, señorita? Vaya, he terminado en una de esas horribles tiendas donde adquieres un contrato de seguridad y un caballero vela por tu seguridad constantemente y te sigue a todas partes como si fueras el presidente de una de esas horribles películas patriotas estadounidenses. Aunque a mí, personalmente, me inspira más una sensación de cleptómano ex-convicto que la de seguridad y asistencia que pretenden darte. Lo que este caballero ignoraba era mi diestra habilidad de dar esquinazo que he perfeccionado con los años y la cantidad de personas a las que se lo he tenido que aplicar para vivir tranquilo. Aunque, pensándolo fríamente, debería haber obedecido mi primer impulso, haberle dado una soberana patada en las pelotas y haberle preguntado si era él el que necesitaba algo. No he comentado que era una tienda de fragancias y perfumes, ¿Verdad? Pues lo era, para mi desgracia. Es la forma más cara de colocarse que he visto en mi vida. A la gente le saldría más barato mezclar todo el Bourbon que tienen en casa y después chapotear en él para conseguir el efecto de una de esas frescas colonias masculinas de los grandes diseñadores con apellido europeo.

Vaya. Resulta que he terminado hablando de la cantidad de cosas que sigo encontrando irritante en los lugares que visito aún sin haber tenido esa principal intención. Supongo que eso nos da una idea de la medida en que las cosas están funcionando y el mundo se está desarrollando. Pero, por lo que a mí respecta, se puede ir al carajo y acabarse el mundo afuera. Como dije antes, nos encontramos en el apogeo del yomismismo, pero me quedaré con la parte que sólo afecta a mi persona y no a la que discurre en detrimento de quienes pueden llegar a rodearme.

Ahora es cuando recuerdo que una vez fuimos los mejores...

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